En el periódico se anuncia la exposición de un par de artistas que se hacen llamar "los mejores", "los vanguardistas", "los...". Sin duda el periodismo cultural clásico, basado en la cobertura de eventos y personajes que reflejan ese precepto de cultura para unos pocos, es básico y necesario. Los artistas, me comentaba un pintor, representan, interpretan y transforman la realidad desde sus obras de arte. Sin ellos, esas grandiosas y majestuosas obras no existirían y, sin el periodismo, muchas de estas no serían conocidas, agregó. No insistiré más en este punto, por ahora ni presentaré mi opinión momentaneamente. Solo diré que el periodismo cultural no debe solo restringirse hacia estas manifestaciones del arte ni hacia esas fuentes altamente reconocidas.
En una ocasión alguien me preguntó cuáles eran mis temas preferidos como periodista cultural. Y otra persona me cuestionó sobre aquellas coberturas que más habían significado para mí. Ambas dudas me llevaron hacia una respuesta similiar: al primero le contesté que aquellas temáticas donde la cultura servía como una herramienta de cambio social, mientras, a la segunda le ejemplifiqué esas temáticas, cuyos actores y realidades pasaron, por suerte, a formar parte de mis experiencias. Algo así como en el libro de Juan Gabriel Vásquez, con el que ganó el premio Alfaguara de Novela 2011: "el ruido de las cosas al caer". Esas personas, esas realidades, esas temáticas transformaron mi vida, como lo hizo Ricardo Laverde para Antonio en la novela del colombiano.
Usualmente dividía las publicaciones que significaron más para mí en dos, pero con el tiempo me di cuenta que se incertaban dentro de un mismo tipo. Los casos que seleccionaba para el primer tipo entraban dentro de la categoría de "actores que transforman la realidad a través de la cultura", dentro de esta tipología, existen tres casos paradigmáticos para mí. En una ocasión, quizá por la que más "ruido" hice, fue por la cobertura de una exposición de grafiteros en un centro cultural. Lo intereseante de la temática era que sus obras -que presentaban a escritores salvadoreños- no solo pretendían romper con el estigma de que el grafiti era solo para jóvenes vagos y sin educación -casi todos contaban con formación universitaria-, sino porque la exposición era mostrada a niños de cuarto grado de zonas en riesgo, a quienes se les enseñaba que en las calles no podían encontrar solo violencia, sino que también arte y que ellos podían llegar a ser grandes como estos artistas. Cabe resaltar que la exposición formaba parte de un proyecto, donde también se les enseña a los niños a pintar. Este tema rompía estereotipos y su objetivo fucionaba lo social con lo artístico.
Hay otros dos temas que se incertan dentro de esta tipología. Uno, siempre referente al arte urbano, se trababa de un proyecto para formar a niños y jóvenes en el breakdance. Siempre de zonas en riesgo, a los estudiantes no solo se les enseñaba a bailar sino que se les transmitía un mensaje de respeto y solidaridad, se les inculcaba la disciplina y el disfrute. De nuevo, la calle como signo de superación y no como entrada a la oscuridad y a la violencia, y los niños como entes, cuyo destino sería transformar la realidad tan trágica de nuestro país.
El tercer y último caso que traigo a consideración es un poco más universal, pero también fue interesante. El creador de la escopetarra,César López, tocó en una comunidad de Soyapango. Llevar ese símbolo donde un instrumento para la violencia -un fusil- se convierte en un instrumento para crear -una guitarra-, demostrarle a las personas residentes que pueden salir a la calle, de noche en un lugar considerado peligroso, transmitir ese mensaje de paz fue, sin duda, una situación impresionante.
Los sucesos que consideraba del segundo tipo se refieren a la cultura como herramienta de inclusión, superación y prueba de que no existen límites. Casualmente, los tres ejemplos que más me afectaron tienen que ver con personas con alguna discapacidad o, como ellos lo prefieren, con personas "no usuales".
En el primer caso, recuerdo a una niña de 16 años que no tenía brazos y pintaba tomando el pincel con su boca, o sujetandolo entre su hombro y su quijada. Pinta maravillosamente. Es muy talentosa. Recuerdo que el artista Joalgar, de Tonatiú, me dijo que ella le había salvado la vida a una mujer que se iba a suicidar. Me comentó que un día, mientras la niña pintaba en el mural del Bicentenario, una mujer se detuvo y empezó a llorar tras ella. Cuando él se acercó a preguntarle qué le pasaba, ella solo le contestó que iba a matarse, hasta que la vió ahí pintando. No valía la pena, le dijo, quitarse la vida, cuando una niña discapacitada superaba sus límites y, quizá, las dificultades que vivía por su condición y ella, que no las tenía, iba a abandonar este mundo.
Recuerdo, en el segundo caso, a otra niña que forma parte del Coro de Manos de El Salvador. En el coro, todos son sordos y ella no es la excepción. Recuerdo que ellos, mientras la música inaudible para sus oídos sonaba, la seguían al compás con sus manos. Para cada canción habían escogido las señas que mejor las representaran. Pero su mensaje era mucho más maravilloso: estaba orgullosos de ser sordos.
Por último, recuerdo a María, una mujer que leyó Poema de Amor de Roque Dalton siendo no vidente. Recuerdo sus manos moviéndose sobre el papel, mientras pronunciaba, según escribí "cada letra, cada palabra, cada oración". La recuerdo más porque amaba la lectura y exigía más variedad de libros creados para sus necesidades. Me acordé de cómo me quejaba de joven y evitaba leer libros, me acordé de cuánto disfruto actualmente leyendo. Pero en ese momento, me di cuanta, también, de ese privilegio que muchos persiguen a pesar de sus "limitaciones".
En una ocasión alguien me preguntó cuáles eran mis temas preferidos como periodista cultural. Y otra persona me cuestionó sobre aquellas coberturas que más habían significado para mí. Ambas dudas me llevaron hacia una respuesta similiar: al primero le contesté que aquellas temáticas donde la cultura servía como una herramienta de cambio social, mientras, a la segunda le ejemplifiqué esas temáticas, cuyos actores y realidades pasaron, por suerte, a formar parte de mis experiencias. Algo así como en el libro de Juan Gabriel Vásquez, con el que ganó el premio Alfaguara de Novela 2011: "el ruido de las cosas al caer". Esas personas, esas realidades, esas temáticas transformaron mi vida, como lo hizo Ricardo Laverde para Antonio en la novela del colombiano.
Usualmente dividía las publicaciones que significaron más para mí en dos, pero con el tiempo me di cuenta que se incertaban dentro de un mismo tipo. Los casos que seleccionaba para el primer tipo entraban dentro de la categoría de "actores que transforman la realidad a través de la cultura", dentro de esta tipología, existen tres casos paradigmáticos para mí. En una ocasión, quizá por la que más "ruido" hice, fue por la cobertura de una exposición de grafiteros en un centro cultural. Lo intereseante de la temática era que sus obras -que presentaban a escritores salvadoreños- no solo pretendían romper con el estigma de que el grafiti era solo para jóvenes vagos y sin educación -casi todos contaban con formación universitaria-, sino porque la exposición era mostrada a niños de cuarto grado de zonas en riesgo, a quienes se les enseñaba que en las calles no podían encontrar solo violencia, sino que también arte y que ellos podían llegar a ser grandes como estos artistas. Cabe resaltar que la exposición formaba parte de un proyecto, donde también se les enseña a los niños a pintar. Este tema rompía estereotipos y su objetivo fucionaba lo social con lo artístico.
Hay otros dos temas que se incertan dentro de esta tipología. Uno, siempre referente al arte urbano, se trababa de un proyecto para formar a niños y jóvenes en el breakdance. Siempre de zonas en riesgo, a los estudiantes no solo se les enseñaba a bailar sino que se les transmitía un mensaje de respeto y solidaridad, se les inculcaba la disciplina y el disfrute. De nuevo, la calle como signo de superación y no como entrada a la oscuridad y a la violencia, y los niños como entes, cuyo destino sería transformar la realidad tan trágica de nuestro país.
El tercer y último caso que traigo a consideración es un poco más universal, pero también fue interesante. El creador de la escopetarra,César López, tocó en una comunidad de Soyapango. Llevar ese símbolo donde un instrumento para la violencia -un fusil- se convierte en un instrumento para crear -una guitarra-, demostrarle a las personas residentes que pueden salir a la calle, de noche en un lugar considerado peligroso, transmitir ese mensaje de paz fue, sin duda, una situación impresionante.
Los sucesos que consideraba del segundo tipo se refieren a la cultura como herramienta de inclusión, superación y prueba de que no existen límites. Casualmente, los tres ejemplos que más me afectaron tienen que ver con personas con alguna discapacidad o, como ellos lo prefieren, con personas "no usuales".
En el primer caso, recuerdo a una niña de 16 años que no tenía brazos y pintaba tomando el pincel con su boca, o sujetandolo entre su hombro y su quijada. Pinta maravillosamente. Es muy talentosa. Recuerdo que el artista Joalgar, de Tonatiú, me dijo que ella le había salvado la vida a una mujer que se iba a suicidar. Me comentó que un día, mientras la niña pintaba en el mural del Bicentenario, una mujer se detuvo y empezó a llorar tras ella. Cuando él se acercó a preguntarle qué le pasaba, ella solo le contestó que iba a matarse, hasta que la vió ahí pintando. No valía la pena, le dijo, quitarse la vida, cuando una niña discapacitada superaba sus límites y, quizá, las dificultades que vivía por su condición y ella, que no las tenía, iba a abandonar este mundo.
Recuerdo, en el segundo caso, a otra niña que forma parte del Coro de Manos de El Salvador. En el coro, todos son sordos y ella no es la excepción. Recuerdo que ellos, mientras la música inaudible para sus oídos sonaba, la seguían al compás con sus manos. Para cada canción habían escogido las señas que mejor las representaran. Pero su mensaje era mucho más maravilloso: estaba orgullosos de ser sordos.
Por último, recuerdo a María, una mujer que leyó Poema de Amor de Roque Dalton siendo no vidente. Recuerdo sus manos moviéndose sobre el papel, mientras pronunciaba, según escribí "cada letra, cada palabra, cada oración". La recuerdo más porque amaba la lectura y exigía más variedad de libros creados para sus necesidades. Me acordé de cómo me quejaba de joven y evitaba leer libros, me acordé de cuánto disfruto actualmente leyendo. Pero en ese momento, me di cuanta, también, de ese privilegio que muchos persiguen a pesar de sus "limitaciones".

