Cada vez más, en El Salvador, aparecen negocios que, siguiendo la lógica de las casas de empeño, se benefician de la necesidad de las personas. Se denominan almacenes de compra y venta. Uno de ellos es La Cornucopia. Éste negocio lucrativo está lleno de secretos. Hay muchas preguntas, pero también mucho silencio.
Tardó alrededor de 15 minutos en encontrar un espacio libre en el estacionamiento –de tierra rojiza- ubicado en primera Calle Poniente y 11 Avenida Norte, San Salvador. Antes de bajarse de su auto, un Aveo color negro, observó a tres jóvenes que cargaban las piezas de una computadora blanca. Su mirada los siguió un momento. Luego, caminó hacia su lugar de destino, que era el mismo al que iban ellos. Atravesó la puerta del parqueo pintada de amarillo pero, antes de que pudiera cruzar la calle, un muchacho ataviado con un chaleco anaranjado le entregó un ticket y le dijo que se lo sellarían dentro del lugar. Ella asintió. Ana asintió.
El cuerno de la abundancia o el cuerno de la necesidad
La puerta doble de vidrio polarizado se abrió. Tras ella, estaba parado el actor de dicha acción: un hombre moreno con bigote negro que vestía un chaleco azul oscuro, camisa beige, pantalón y zapatos negros; además, portaba en sus manos una escopeta. “Pase adelante”, le dijo a Ana antes de pedirle que le permitiera revisar su cartera negra y concluir con un “si anda celular, lo apaga, por favor”. Entonces, Ana dejó atrás al vigilante privado de la empresa Security S.V. Éste cerró la puerta a la espera del siguiente cliente, mientras Ana intentaba abrirse paso entre la gente que atestaba el lugar ese viernes 9 de octubre; el reloj marcaba las 10:50 y a Ana le faltaban 34 minutos de espera en la sala de compras de ese lugar llamado La Cornucopia –vaso en forma de cuerno que representa a la abundancia, según la Real Academia Española-.
La sala de ventas de la Cornucopia tiene un piso de cerámica blanca y sus paredes también son de ese color, aunque una de ellas tiene la mitad pintada de un rosado pálido. Dentro de la sala, hay una división metálica pintada de verde. Ésta separa a los vendedores de los compradores quienes pueden transitar por un pasillo en forma de “L” o sentarse en una de las tres filas de sillas. En la división, hay 12 ventanillas –una para pagar, otra para servir un vaso desechable de durapax con café o gaseosa, otra para sellar el ticket del parqueo y así evitar pagar los 75 centavos por usarlo, dos para los objetos (si no se produjo la venta) o el dinero, y siete para vender los objetos-. En la parte superior de las paredes, hay cuatro televisores; dos de ellos presentan las imágenes en blanco y negro de las cámaras de seguridad.
Entonces Ana, debido a que era primeriza, se detuvo en una de las filas; dubitativa, decidió regresar adonde el vigilante y le preguntó qué tenía que hacer. “Pase a una de esas ventanillas”, le dijo mientras señalaba con uno de sus dedos una de las siete ventanillas para “opción de venta”. Ana agradeció y se dirigió a la ventanilla 4.
Ella esperó a que otras dos personas más pasaran con el empleado. Cuando llegó su turno, el joven de camisa ocre que portaba un carné blanco con su nombre y en la parte inferior la frase “Estoy para servirle”, le preguntó qué objeto vendería. Ana revisó despacio su cartera y sacó de ésta una cajita roja con una chonga dorada. La sostuvo con una mano y, con la otra, la abrió. Era una cadena de oro con un dije en forma de herradura. Lo miró unos segundos, antes de entregárselo al empleado de la Cornucopia. Ella no dejaba de ver su cadena.
El empleado, entonces, llenó el formulario de venta con las respuestas a preguntas como cuál es su nombre, cuál es el número de su Documento Único de Identidad (DUI), cómo obtuvo la cadena, tiene el recibo (Ana no lo tenía y aun así aceptaron la prenda), etc. Y, por supuesto, la pregunta clave del negocio: “¿Cuánto pide por ella (la cadena)?”. Ana lo pensó, lo dudó y, por fin, respondió: “Unos… -se detuvo un momento- Unos, no sé, 100 dólares, quizá”. Inmediatamente, ella consultó si el precio que pusiera sería el dinero que le darían. “Es una base. En el valúo, se determina el precio final”, le contestó. “Tome asiento, la llamaremos en unos 10 ó 15 minutos”, dijo. Y después le entregó un papel que decía “válido por un café o una gaseosa”. Ana lo tomó y dio media vuelta en busca de una silla libre. Justo en ese instante, llamaron por el altavoz a una señora que estaba sentada frente a la ventanilla 4. Ana apresuró el paso para ocupar esa silla de plástico negro y patas metálicas.
Ana es una mujer blanca y de estatura media que tiene 42 años. Su cabello es castaño claro y lo usa corto, hasta los hombros; ese día, iba vestida con un pantalón negro y una camisa sport con rayas horizontales blancas y negras. Aparenta ser seria, pero es muy risueña; además, le encanta platicar. Y, en esa ocasión, no fue la excepción y con un “la necesidad, ¿verdad?” inició una conversación con Karen, una joven que estaba sentada a su lado. Karen vestía una blusa verde claro –aritos del mismo color para combinar- y un jeans azul. Era la segunda vez que estaba en la Cornucopia; ese viernes, llevó su anillo de graduación que le costó 250 dólares. Ana le comentó que solicitó 100 dólares por la cadena. “Hubiera pedido más”, le dijo Karen. En ese instante, Karen guardó silencio y se despidió: era su turno.
Ana permaneció en silencio hasta que la llamaran. Después de 11 minutos de espera, una voz masculina dijo su nombre: “Ana Márquez, pase a la ventanilla 2; Ana Márquez, ventanilla 2”. Ella se levantó y, en la ventanilla, la esperaba una joven de piel blanca, cabello rizado y castaño, quien tenía puesto el chaleco naranja chillón con el logo de la empresa. Ella le dijo que, si vendía la cadena, le darían 96 dólares –cuatro menos de los solicitados-, pero que si la dejaba con “opción de compra”, es decir, si la quería recuperar después, le darían solo 90. Ana eligió la segunda opción y, en 15 días, pagaría 108 dólares por su collar. Si la hubiese recobrado de 30 a 38 días, hubiera pagado 128 dólares. Pero si, incluido ese lapso, no hubiera podido pagar, podría dar 24 dólares para una reevaluación del costo.
“En las últimas ventanillas le darán su dinero”, dijo la joven. Ana caminó entre la gente; el local estaba lleno, así que le costaba avanzar. Vio a Karen en la séptima ventanilla donde sirven el café y la gaseosa; por ello, decidió ir por su bebida. Karen se veía enojada –o estaba acaso frustrada- porque regresaba a casa con su anillo, ya que no le ofrecieron lo que pedía. Se despidió y se marchó. Ana, en cambio, fue por sus 90 dólares y su sello.
El costo de una llamada
Marqué el número 25 26 66 00. Después de dos timbres, una voz masculina contestó al otro lado:
-La Cornucopia, buenas tardes- dijo
-Sí, le saluda Óscar González, soy estudiante de Comunicaciones de la UCA. Quisiera hablar con la gerente. Llamé ayer y me dijeron que ella podía darme información respecto a la Cornucopia.
-Permítame- dijo de forma amable y, luego, mientras esperaba, se escuchó un anuncio de esta empresa que tiene 24 años de existir. Unos segundos después, contestó la gerenta.
-Aló- dijo una voz aguda y cortante.
-Buenas, me llamo Óscar González y soy estudiante de la UCA. Quisiera saber si podría establecer una entrevista con usted o con alguien más que me pueda dar información de la empresa.
- No, no damos información. Usted sabe cómo está la situación. Podría ser un ladrón.
-Sí, yo entiendo cómo están las cosas, pero si quiere le puedo presentar una carta de la UCA o…- En ese instante, me interrumpió.
-No, no. No le puedo dar información a cualquiera; nadie con tres dedos de frente lo haría.
-¿Ni con carta?
- No- hizo una pausa-. Usted ha de buscar una casa de empeño. Nosotros nos somos casa de empeño-. De hecho, es cierto, porque son una nueva figura, según el licenciado Ernesto Urrutia del Centro para la Defensa del Consumidor (CDC), una organización no gubernamental que, con referencia a las empresas como La Cornucopia, se encarga de orientar a la población respecto a sus servicios, aunque es la Defensoría del Consumidor la que recibe los reclamos en contra de dichas organizaciones. Sin embargo, ni el CDC ni la Defensoría se encargan de las regulaciones a las casas de empeño ni a estos almacenes de compra y venta. Aunque la lógica de las casas de empeño se mantenga en estos almacenes, hay un cambio radical: uno establece un “contrato de compra-venda”, según Urrutia; entonces, la persona vende su prenda. Ni esto me quiso explicar la gerente:
- No, a mí me interesa La Cornucopia. ¿Y cómo se definen, entonces?- pregunté.
-No le puedo dar información. Somos un almacén de compra y venta, no una casa de empeño. Además, toda la información está en los anuncios.
- Ok, almacén de compra y venta –esta categoría no aparece en los registros de la alcaldía de San Salvador, solo el de “montepío o casa de empeño” y también aparece otra categoría llamada “servicio de préstamo personal”. Según la comuna, aparecen ocho y cinco lugares, respectivamente, registrados bajo estos términos.
Continué con mis inútiles intentos por conseguir alguna información y le dije:
- Supongo que tienen expertos que revisan los objetos que llegan a evaluar…-otra vez, me interrumpió.
-Esa es pregunta de kínder.
- Lo que quiero saber es si las personas que hacen el valúo tienen experiencia empírica, es decir, tienen mucho tiempo trabajando en el negocio. O si se les dan capacitaciones o son profesionales.
-No lo escucho. Permítame, ya regreso- dijo, pero cuando regresó solo me repitió que revisara en la página web, si quería información.
-Bueno, muchas gracias por su tiempo y su amabilidad- contesté. Ella solo colgó.
El encuentro
“No entrar con delantal”, aparece escrito en letras azules sobre una hoja de papel bond en la entrada de la sala de ventas de joyería de La Cornucopia. Esta sala es la más pequeña y cuidada de las tres, porque hay de venta de electrodomésticos. Otro vigilante armado está dentro, pero éste no abre la puerta de vidrio. Dentro, el piso es de color blanco, al igual que las paredes decoradas con imágenes de joyas. Una caja fuerte de gran tamaño se encuentra en el lado derecho, atrás del hombre de Security S.V. Junto a las paredes, protegidas en la parte superior por unos barrotes amarillos, están los escaparates en donde se pueden observar los collares, pulseras, relojes, anillos de oro y plata.
A diferencia de la sala de compras, el lugar está vacío, salvo por una pareja que habla con uno de los vendedores y un extranjero que espera sentado a su esposa quien examina los objetos. Pero no solo se diferencia en la cantidad de gente que se encuentra dentro, sino que también en el tipo: aquí parecen adineradas, de clase media o alta.
Ana entró a esta sala. Su intención era saber en cuánto venden collares de oro como el suyo. Comenzó a revisar tras los vidrios hasta que encontró lo que buscaba. La prenda que más se asemejaba al suyo costaba 610 dólares y otro similar 700. Ana se sorprendió. No había ni solicitado la mitad de esa cifra. “Increíble”, dijo en voz baja para sí misma. Tras unos segundos continúo observando los objetos ahí expuestos. Se encontró un reloj que costaba 1,600 dólares, el objeto más caro expuesto en ese lugar que Ana vio. Ella decidió retirarse y se dirigió a la siguiente sala.
Subió unas gradas y otro vigilante la esperaba en la entrada. La revisó. Ana entró y empezó a ver las computadoras. Uno de los vendedores, Ángel Maldonado, de 23 años, se le acercó. Él empezó a hablarle de los precios. Era tarde, y ella debía irse, así que le agradeció y se retiró de la sala con piso de cemento, de barrotes azules y llena de aparatos, ollas y personas.
Maldonado la observó cuando se iba. Él es de piel blanca, un poco relleno, con cabello corto, castaño y ondulado; en su rostro redondo, apenas se vislumbraban unos vellos en el área del bigote. Vestía el chaleco naranja del trabajo; bajo éste, una camisa celeste. Él, junto a los otros vendedores, gana el salario mínimo; es decir, que tiene un sueldo base de 207.60 dólares. Si quiere ganar de 40 a 50 dólares más, debe renunciar a sus 20 minutos de almuerzo todo el mes. Además de esto, los empleados son revisados a la entrada, hora de almuerzo y salida del trabajo; en esa revisión se les quita sus celulares y se les cuenta el dinero que llevan. Él apenas tenía un mes de estar trabajando ahí y pronto sería trasladado al nuevo local de La Cornucopia en Metrocentro.
Maldonado no sabía en ese momento que él sería quien el 17 de octubre le entregaría a Ana su collar. Ese día, ella regresaría al estacionamiento, dejando atrás a las personas que, por la necesidad de dinero, venden sus objetos de valor monetario y sentimental; a las personas que compran esos objetos a un menor costo; también a aquellas que se lucran de la necesidad y sus intermediaros (empleados), que sólo hacen su trabajo. Sentada en su auto, Ana recuerda las últimas palabras que le dijo Maldonado: “Si quiere, lo puede volver a dejar”.
El cuerno de la abundancia o el cuerno de la necesidad
La puerta doble de vidrio polarizado se abrió. Tras ella, estaba parado el actor de dicha acción: un hombre moreno con bigote negro que vestía un chaleco azul oscuro, camisa beige, pantalón y zapatos negros; además, portaba en sus manos una escopeta. “Pase adelante”, le dijo a Ana antes de pedirle que le permitiera revisar su cartera negra y concluir con un “si anda celular, lo apaga, por favor”. Entonces, Ana dejó atrás al vigilante privado de la empresa Security S.V. Éste cerró la puerta a la espera del siguiente cliente, mientras Ana intentaba abrirse paso entre la gente que atestaba el lugar ese viernes 9 de octubre; el reloj marcaba las 10:50 y a Ana le faltaban 34 minutos de espera en la sala de compras de ese lugar llamado La Cornucopia –vaso en forma de cuerno que representa a la abundancia, según la Real Academia Española-.
La sala de ventas de la Cornucopia tiene un piso de cerámica blanca y sus paredes también son de ese color, aunque una de ellas tiene la mitad pintada de un rosado pálido. Dentro de la sala, hay una división metálica pintada de verde. Ésta separa a los vendedores de los compradores quienes pueden transitar por un pasillo en forma de “L” o sentarse en una de las tres filas de sillas. En la división, hay 12 ventanillas –una para pagar, otra para servir un vaso desechable de durapax con café o gaseosa, otra para sellar el ticket del parqueo y así evitar pagar los 75 centavos por usarlo, dos para los objetos (si no se produjo la venta) o el dinero, y siete para vender los objetos-. En la parte superior de las paredes, hay cuatro televisores; dos de ellos presentan las imágenes en blanco y negro de las cámaras de seguridad.
Entonces Ana, debido a que era primeriza, se detuvo en una de las filas; dubitativa, decidió regresar adonde el vigilante y le preguntó qué tenía que hacer. “Pase a una de esas ventanillas”, le dijo mientras señalaba con uno de sus dedos una de las siete ventanillas para “opción de venta”. Ana agradeció y se dirigió a la ventanilla 4.
Ella esperó a que otras dos personas más pasaran con el empleado. Cuando llegó su turno, el joven de camisa ocre que portaba un carné blanco con su nombre y en la parte inferior la frase “Estoy para servirle”, le preguntó qué objeto vendería. Ana revisó despacio su cartera y sacó de ésta una cajita roja con una chonga dorada. La sostuvo con una mano y, con la otra, la abrió. Era una cadena de oro con un dije en forma de herradura. Lo miró unos segundos, antes de entregárselo al empleado de la Cornucopia. Ella no dejaba de ver su cadena.
El empleado, entonces, llenó el formulario de venta con las respuestas a preguntas como cuál es su nombre, cuál es el número de su Documento Único de Identidad (DUI), cómo obtuvo la cadena, tiene el recibo (Ana no lo tenía y aun así aceptaron la prenda), etc. Y, por supuesto, la pregunta clave del negocio: “¿Cuánto pide por ella (la cadena)?”. Ana lo pensó, lo dudó y, por fin, respondió: “Unos… -se detuvo un momento- Unos, no sé, 100 dólares, quizá”. Inmediatamente, ella consultó si el precio que pusiera sería el dinero que le darían. “Es una base. En el valúo, se determina el precio final”, le contestó. “Tome asiento, la llamaremos en unos 10 ó 15 minutos”, dijo. Y después le entregó un papel que decía “válido por un café o una gaseosa”. Ana lo tomó y dio media vuelta en busca de una silla libre. Justo en ese instante, llamaron por el altavoz a una señora que estaba sentada frente a la ventanilla 4. Ana apresuró el paso para ocupar esa silla de plástico negro y patas metálicas.
Ana es una mujer blanca y de estatura media que tiene 42 años. Su cabello es castaño claro y lo usa corto, hasta los hombros; ese día, iba vestida con un pantalón negro y una camisa sport con rayas horizontales blancas y negras. Aparenta ser seria, pero es muy risueña; además, le encanta platicar. Y, en esa ocasión, no fue la excepción y con un “la necesidad, ¿verdad?” inició una conversación con Karen, una joven que estaba sentada a su lado. Karen vestía una blusa verde claro –aritos del mismo color para combinar- y un jeans azul. Era la segunda vez que estaba en la Cornucopia; ese viernes, llevó su anillo de graduación que le costó 250 dólares. Ana le comentó que solicitó 100 dólares por la cadena. “Hubiera pedido más”, le dijo Karen. En ese instante, Karen guardó silencio y se despidió: era su turno.
Ana permaneció en silencio hasta que la llamaran. Después de 11 minutos de espera, una voz masculina dijo su nombre: “Ana Márquez, pase a la ventanilla 2; Ana Márquez, ventanilla 2”. Ella se levantó y, en la ventanilla, la esperaba una joven de piel blanca, cabello rizado y castaño, quien tenía puesto el chaleco naranja chillón con el logo de la empresa. Ella le dijo que, si vendía la cadena, le darían 96 dólares –cuatro menos de los solicitados-, pero que si la dejaba con “opción de compra”, es decir, si la quería recuperar después, le darían solo 90. Ana eligió la segunda opción y, en 15 días, pagaría 108 dólares por su collar. Si la hubiese recobrado de 30 a 38 días, hubiera pagado 128 dólares. Pero si, incluido ese lapso, no hubiera podido pagar, podría dar 24 dólares para una reevaluación del costo.
“En las últimas ventanillas le darán su dinero”, dijo la joven. Ana caminó entre la gente; el local estaba lleno, así que le costaba avanzar. Vio a Karen en la séptima ventanilla donde sirven el café y la gaseosa; por ello, decidió ir por su bebida. Karen se veía enojada –o estaba acaso frustrada- porque regresaba a casa con su anillo, ya que no le ofrecieron lo que pedía. Se despidió y se marchó. Ana, en cambio, fue por sus 90 dólares y su sello.
El costo de una llamada
Marqué el número 25 26 66 00. Después de dos timbres, una voz masculina contestó al otro lado:
-La Cornucopia, buenas tardes- dijo
-Sí, le saluda Óscar González, soy estudiante de Comunicaciones de la UCA. Quisiera hablar con la gerente. Llamé ayer y me dijeron que ella podía darme información respecto a la Cornucopia.
-Permítame- dijo de forma amable y, luego, mientras esperaba, se escuchó un anuncio de esta empresa que tiene 24 años de existir. Unos segundos después, contestó la gerenta.
-Aló- dijo una voz aguda y cortante.
-Buenas, me llamo Óscar González y soy estudiante de la UCA. Quisiera saber si podría establecer una entrevista con usted o con alguien más que me pueda dar información de la empresa.
- No, no damos información. Usted sabe cómo está la situación. Podría ser un ladrón.
-Sí, yo entiendo cómo están las cosas, pero si quiere le puedo presentar una carta de la UCA o…- En ese instante, me interrumpió.
-No, no. No le puedo dar información a cualquiera; nadie con tres dedos de frente lo haría.
-¿Ni con carta?
- No- hizo una pausa-. Usted ha de buscar una casa de empeño. Nosotros nos somos casa de empeño-. De hecho, es cierto, porque son una nueva figura, según el licenciado Ernesto Urrutia del Centro para la Defensa del Consumidor (CDC), una organización no gubernamental que, con referencia a las empresas como La Cornucopia, se encarga de orientar a la población respecto a sus servicios, aunque es la Defensoría del Consumidor la que recibe los reclamos en contra de dichas organizaciones. Sin embargo, ni el CDC ni la Defensoría se encargan de las regulaciones a las casas de empeño ni a estos almacenes de compra y venta. Aunque la lógica de las casas de empeño se mantenga en estos almacenes, hay un cambio radical: uno establece un “contrato de compra-venda”, según Urrutia; entonces, la persona vende su prenda. Ni esto me quiso explicar la gerente:
- No, a mí me interesa La Cornucopia. ¿Y cómo se definen, entonces?- pregunté.
-No le puedo dar información. Somos un almacén de compra y venta, no una casa de empeño. Además, toda la información está en los anuncios.
- Ok, almacén de compra y venta –esta categoría no aparece en los registros de la alcaldía de San Salvador, solo el de “montepío o casa de empeño” y también aparece otra categoría llamada “servicio de préstamo personal”. Según la comuna, aparecen ocho y cinco lugares, respectivamente, registrados bajo estos términos.
Continué con mis inútiles intentos por conseguir alguna información y le dije:
- Supongo que tienen expertos que revisan los objetos que llegan a evaluar…-otra vez, me interrumpió.
-Esa es pregunta de kínder.
- Lo que quiero saber es si las personas que hacen el valúo tienen experiencia empírica, es decir, tienen mucho tiempo trabajando en el negocio. O si se les dan capacitaciones o son profesionales.
-No lo escucho. Permítame, ya regreso- dijo, pero cuando regresó solo me repitió que revisara en la página web, si quería información.
-Bueno, muchas gracias por su tiempo y su amabilidad- contesté. Ella solo colgó.
El encuentro
“No entrar con delantal”, aparece escrito en letras azules sobre una hoja de papel bond en la entrada de la sala de ventas de joyería de La Cornucopia. Esta sala es la más pequeña y cuidada de las tres, porque hay de venta de electrodomésticos. Otro vigilante armado está dentro, pero éste no abre la puerta de vidrio. Dentro, el piso es de color blanco, al igual que las paredes decoradas con imágenes de joyas. Una caja fuerte de gran tamaño se encuentra en el lado derecho, atrás del hombre de Security S.V. Junto a las paredes, protegidas en la parte superior por unos barrotes amarillos, están los escaparates en donde se pueden observar los collares, pulseras, relojes, anillos de oro y plata.
A diferencia de la sala de compras, el lugar está vacío, salvo por una pareja que habla con uno de los vendedores y un extranjero que espera sentado a su esposa quien examina los objetos. Pero no solo se diferencia en la cantidad de gente que se encuentra dentro, sino que también en el tipo: aquí parecen adineradas, de clase media o alta.
Ana entró a esta sala. Su intención era saber en cuánto venden collares de oro como el suyo. Comenzó a revisar tras los vidrios hasta que encontró lo que buscaba. La prenda que más se asemejaba al suyo costaba 610 dólares y otro similar 700. Ana se sorprendió. No había ni solicitado la mitad de esa cifra. “Increíble”, dijo en voz baja para sí misma. Tras unos segundos continúo observando los objetos ahí expuestos. Se encontró un reloj que costaba 1,600 dólares, el objeto más caro expuesto en ese lugar que Ana vio. Ella decidió retirarse y se dirigió a la siguiente sala.
Subió unas gradas y otro vigilante la esperaba en la entrada. La revisó. Ana entró y empezó a ver las computadoras. Uno de los vendedores, Ángel Maldonado, de 23 años, se le acercó. Él empezó a hablarle de los precios. Era tarde, y ella debía irse, así que le agradeció y se retiró de la sala con piso de cemento, de barrotes azules y llena de aparatos, ollas y personas.
Maldonado la observó cuando se iba. Él es de piel blanca, un poco relleno, con cabello corto, castaño y ondulado; en su rostro redondo, apenas se vislumbraban unos vellos en el área del bigote. Vestía el chaleco naranja del trabajo; bajo éste, una camisa celeste. Él, junto a los otros vendedores, gana el salario mínimo; es decir, que tiene un sueldo base de 207.60 dólares. Si quiere ganar de 40 a 50 dólares más, debe renunciar a sus 20 minutos de almuerzo todo el mes. Además de esto, los empleados son revisados a la entrada, hora de almuerzo y salida del trabajo; en esa revisión se les quita sus celulares y se les cuenta el dinero que llevan. Él apenas tenía un mes de estar trabajando ahí y pronto sería trasladado al nuevo local de La Cornucopia en Metrocentro.
Maldonado no sabía en ese momento que él sería quien el 17 de octubre le entregaría a Ana su collar. Ese día, ella regresaría al estacionamiento, dejando atrás a las personas que, por la necesidad de dinero, venden sus objetos de valor monetario y sentimental; a las personas que compran esos objetos a un menor costo; también a aquellas que se lucran de la necesidad y sus intermediaros (empleados), que sólo hacen su trabajo. Sentada en su auto, Ana recuerda las últimas palabras que le dijo Maldonado: “Si quiere, lo puede volver a dejar”.













